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 60 años del estado de Israel

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8Brown8
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MensajeTema: 60 años del estado de Israel   Dom 4 Mayo - 13:47

El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión fundó el Estado de Israel en tierras de la antigua Palestina. Al día siguiente comenzó la primera guerra árabe-israelí. Sesenta años después, la paz sigue ausente en una tierra pretendida por dos pueblos



A tiro de piedra de la residencia oficial del presidente de Israel, la cristiana y elegante palestina Claudette Habesch señala con el dedo: “La mitad de ese árbol da limones; la otra mitad, naranjas”. Su padre, un próspero hombre de negocios, adoraba entretenerse en el jardín de su casa. En 1947 alquiló el sótano a un joven y otra vivienda contigua a una familia judía, los Jacoby. Claudette, entonces una niña de siete años, jugaba con Ruth Jacoby. Hasta que un día el padre de Claudette descubrió una bomba en su hogar. “La colocó el inquilino, que pertenecía al Irgun”, recuerda la mujer palestina. Eran tiempos muy agitados. El movimiento terrorista judío sembraba el caos. Los francotiradores de la Legión Árabe jordana disparaban desde las murallas de la ciudad vieja de Jerusalén. Los Habesch decidieron trasladarse a su casa de veraneo en Jericó. Nunca volvieron a Talbieh, el barrio de la burguesía palestina. Hace un mes, Claudette cayó en la tentación. Visitaba de nuevo la casa de su infancia. Se adentró en el jardín. Con voz tenue, deseando eludir a Ruth, habló de los desgastados azulejos del suelo en el pórtico de entrada, de las viejas puertas blancas de hierro, de la fuente y los árboles asilvestrados que su padre cuidaba. Ruth se asomó a una ventana y preguntó quién andaba por ahí. Se reconocieron al instante. Se saludaron, se fotografiaron y se despidieron en el lugar en el que se divertían juntas. Sin efusividad. El reportero comentó que no le agradaba allanar una propiedad ajena. “Lo entiendo”, afirmó Claudette emocionada, “pero yo sí entro. Es mi casa. Ruth dice que la compró, pero no a sus dueños”.

“La novia es bonita, pero ya está comprometida”. La delegación sionista que visitó Palestina medio siglo antes de la fundación de Israel llevó ese mensaje a los líderes judíos europeos que calibraban dónde fundar su Estado. ¿Argentina? ¿Uganda? La escogida, Palestina, sigue siendo escenario de una cruda batalla por la tierra. Probablemente, lo único que permanece inmutable desde que, tras el Holocausto, los judíos perseguidos en Europa desembarcaran de viejos buques en las playas de Haifa. Seis décadas después del día –14 de mayo– en que David Ben Gurión declaró la independencia en la avenida Rotschild de Tel Aviv –“en Jerusalén se fue la luz, no pude escucharla por la radio”, recuerda el historiador y ex vicealcalde Meron Benvenisti–, Israel y los territorios palestinos atraviesan una coyuntura crucial. Del Israel que soñaron y forjaron los fundadores quedan sólo vestigios, y el panorama es sombrío. Las celebraciones –miles de israelíes han firmado contra los excesivos dispendios en los fastos– serán austeras. ¿Y los palestinos? El profesor universitario Bashir Bashir, árabe con pasaporte israelí, se apresura a precisar: “Yo no celebro el 60º aniversario. Yo conmemoro la Naqba, la catástrofe”. Un desastre que para ellos sigue muy vivo, y no sólo en la memoria. Les resulta imposible olvidar el expolio porque nunca ha cesado. Malviven sus cuatro millones de almas bajo ocupación en Cisjordania, y asediados económica y militarmente en un gueto: Gaza. Profundamente divididos. La pobreza crece. Nunca, ni durante el imperio otomano (hasta 1918), el mandato británico (1948) o la dominación egipcia (1967), han sufrido tanto.

Israel mira al futuro encadenado a su pasado. Siempre con enemigos –ahora Irán, Hezbolá, Hamás, Siria– a la vista. “No se ha digerido el Holocausto, y su traducción es que siempre existe una amenaza existencial. Es con lo que juega la clase política: ahora conecta el terrorismo con la cuestión nuclear iraní. El israelí medio está abrumado y mira hacia otra parte. A los israelíes y a los palestinos les gustaría que desapareciera el enemigo. Pero eso no va a suceder”, opina Mario Sznadjer, profesor de ciencias políticas de la Universidad Hebrea. Los palestinos coinciden en describir el porvenir: un túnel negro. Sólo Hamás confía en su fe para superar la enorme frustración. Un factor decisivo para el futuro inmediato, porque tras 50 años de hegemonía indiscutible de los laicos de Al Fatah, la islamización de la sociedad palestina se antoja imparable. Un proceso que comenzó hace un cuarto de siglo, cuando las mujeres aún lucían falda y melena. Sus nietas, la mayoría con orgullo, llevan velo. Israelíes y palestinos son rehenes de una trágica historia.

Originarios de 70 países, los israelíes carecen de una identidad común. “Incluso para mis hijos y nietos es muy extraño todo lo que pienso. Me siento un extranjero en mi país. Soy un fósil, nostálgico y desilusionado”, cuenta Benvenisti, nacido en 1934 en Jerusalén. Sus padres habían emigrado desde Grecia y Lituania 10 años antes. “Hoy sólo quedan 60.000 judíos, el 1% de la población israelí, que recuerdan el nacimiento del país”. La memoria y el presente se abofetean. “Tuvimos una actitud antisemita hacia nuestros padres porque detestábamos la vida que llevaban los judíos en Europa. Creímos que éramos buenos, sionistas socialistas que construiríamos una sociedad nueva basada en los kibutzim. Y muy pronto, en los años cincuenta, empezamos a crear una sociedad injusta, mediocre. Tuvimos que acoger oleadas de inmigrantes, de gente destrozada. Nos desilusionamos muy pronto”, agrega el profesor.

Los ‘kibutzim’ guardan ya poca relación con el mítico sistema comunal, al tiempo que las privatizaciones impulsadas hace una década adelgazan el Estado de bienestar. La aliya (inmigración de los judíos a Israel) está en sus estertores, hasta el punto de que la Agencia Judía se dispone a abandonar su misión de atraer correligionarios al Estado. La seguridad, anclada en un potentísimo ejército, comenzó a quebrarse en la guerra de Yom Kipur, en 1973. En el verano de 2006, por primera vez en 40 años, la guerra también se libró en suelo israelí: 33 días soportando cohetes sobre el norte, convertido por Hezbolá en un páramo. Los pilares sobre los que se fundó la utopía se caen.

“La sociedad israelí”, precisa Benvenisti, “está completamente fragmentada porque conviven varias subculturas: emigrantes rusos, ultraordoxos, los judíos de los países árabes, los religiosos sionistas y los hijos seculares de los padres fundadores. Lo único que les une es el odio a los árabes. Una manera de definir la identidad israelí es preguntarse: ¿quién no eres? Lo relevante es el enemigo exterior. Admitir esto es muy difícil para todo israelí, porque pretenden mantener la ilusión de una identidad y quieren aferrarse a unos valores. Pero cuanto más fragmentada está la sociedad, más necesaria es la propaganda. El Holocausto es un elemento importantísimo en la construcción de la identidad del pueblo. Es macabro”.

Los jóvenes más ilustrados también desesperan. El escritor Ron Leshem, de 32 años, ejemplifica esa ansiedad. “Perdimos la ingenuidad. Tras el trauma de Yom Kipur se produjo una grave herida y perdimos la confianza. En 1982 comenzó otra guerra, y desde entonces no hay consenso. Las guerras han provocado que la gente esté exhausta, sobre todo los jóvenes. Israel es una gran institución psiquiátrica en la que los doctores son muy malos. Parte de la población cree en las soluciones mágicas, aunque eso sea ridículo, y luchan con fanatismo por esa solución. Soy muy pesimista, esto es deprimente. Es una esquizofrenia. Este país son un montón de tribus aisladas que tienen miedo a cualquiera que sea diferente, que se odian. Sospechan de todos. No formamos una sociedad”.

Los ultraortodoxos se enclaustran en las burbujas de sus barrios, sinagogas y escuelas talmúdicas. Apenas se relacionan con sus conciudadanos. Los mizrahi (judíos originarios de países árabes o musulmanes) acusan todavía a las élites askenazíes (judíos procedentes de Europa central, los fundadores del Estado) de marginarles. La discriminación de las minorías beduinas, drusas, árabe-israelíes o etíopes es insultante. El millón de rusos, incorporados tras el derrumbre de la Unión Soviética, editan periódicos en su lengua, y, claro está, tienen su propio partido político. Porque, como dice el chiste, cuando dos israelíes se reúnen fundan tres partidos.

Nada es hoy lo que fue en los años cuarenta, cuando los judíos arriesgaban sus vidas y corrían a luchar. El bienestar merma la disposición al sacrificio. La muerte de un soldado es ahora un drama nacional atribuido siempre al terrorismo, el pretexto que todo lo justifica. No importa que el uniformado cayera invadiendo la ocupada Gaza. “Hoy”, asegura Leshem, “el 35% de los jóvenes no va al ejército. El sueño es ser ingeniero informático, no oficial. La mayoría de los hijos de los ricos, o no sirven en las Fuerzas Armadas, o lo hacen en los servicios de inteligencia. Al frente de batalla van los inmigrantes, los pobres o los religiosos sionistas. Las élites no tienen un compromiso. En Tel Aviv no pensamos en los cohetes que se disparan contra Sderot, a sólo 30 minutos en coche. Vivimos en un sueño y no percibimos que un día los cohetes pueden alcanzarnos”.

La ciudad mediterránea es otra burbuja en la que trabaja Miri Weingarten, activista de Médicos por los Derechos Humanos. “Hay un muro también en las mentes. Tel Aviv no sería tan tolerante y abierta si se conociera bien lo que sucede en Gaza y Cisjordania. Aquí se puede ser homosexual o izquierdista, pero Jerusalén refleja mejor la esencia de Israel”. No es de extrañar que amplios segmentos de la población ignoren lo que sucede en los territorios ocupados. El Gobierno israelí prohíbe a sus periodistas trabajar en la franja. La matanza de 130 palestinos en Gaza –la mitad mujeres, niños y hombres desarmados– a comienzos de marzo sólo mereció unas pocas líneas en una página perdida de los periódicos más leídos.

El novelista David Grossman ha escrito que Israel es un país sin compasión. Y eso que aludía, preferentemente, a las relaciones entre sus compatriotas. El desprecio al palestino y el desinterés por su porvenir es la regla. Desde hace seis años apenas ven esa mano de obra barata. La oleada de atentados suicidas ejecutados por Hamás mató a cientos de civiles, y el Gobierno de Ariel Sharon anuló los permisos de trabajo y levantó el muro de hormigón y las alambradas electrificadas en Cisjordania. Es la frontera que deseaba imponer. Sin negociar. En agosto de 2005 evacuó a los 8.000 colonos de Gaza. Los israelíes se han convencido de que el divorcio es una necesidad imperiosa. Cuestión aparte es que sea ya posible.

Palestina e Israel son paraísos del odio. Mutuo y arraigado. Cientos de palestinos celebran en las calles cada atentado terrorista. Los israelíes expresan su animadversión más comedidamente. “¿Que mueren civiles? No me da ninguna pena”, exclama un ejecutivo bancario. La impunidad es casi norma cuando la víctima es árabe. El jefe de bomberos de la región norte ha confesado sin reparos en un diario israelí que asesinó a dos hombres desarmados en Gaza en 1967. “Había que disuadir”, recordaba ufano. Ahora se lanzan bombas de fragmentación en Gaza que despedazan a inocentes. Cientos de muertos al año. Más disuasión. Los gobiernos israelíes han demolido 18.000 casas palestinas y admitido la práctica de la tortura. Un ex soldado reconoció el verano pasado haber disparado a un hombre de Hebrón porque le miró mal. Hubo confesión, pero no castigo. Se discrimina flagrantemente a la minoría árabe-israelí en las inversiones públicas, se veta su acceso a la venta de tierras estatales, se les impide construir viviendas…

Seis guerras después (1948, 1956, 1967, 1973, 1982 y 2006), Israel atraviesa otro periodo de tensión bélica y también de hastío por el continuo brotar de escándalos de corrupción que aquejan a una clase política desacreditada. Paradójicamente, la bonanza económica se prolonga desde hace un lustro. Aunque las desigualdades sociales, efecto de las reformas liberalizadoras, son desgarradoras.

El banco central acaba de difundir un informe preocupante: el 34% de los ciudadanos no puede comprar varios alimentos básicos. Decenas de miles de familias han recibido comida de organizaciones caritativas para celebrar la pascua judía. El sistema educativo, advierten los expertos, está hecho unos zorros, aunque algunas universidades –sólo la Hebrea de Jerusalén cuenta con más premios Nobel que España– alcanzan la excelencia. Junto a ciudades con enormes bolsas de pobreza –Ramla, Lod, Kiryat Malachi…– se alza el moderno y vibrante Tel Aviv. Rico, aunque descuidado. El reino de los laicos. “Es el Israel próspero que puede permitirse el lujo de subvencionar las dos periferias: las ciudades en desarrollo, basadas en la industria y en sectores económicos obsoletos, y los colonos, que viven del empleo público, trabajan en Jerusalén o Tel Aviv y no disponen de una economía real”, explica Sznadjer.

Israel cuenta con una potente industria informática y de fármacos genéricos, es uno de los líderes mundiales en patentes y en investigación de nuevos materiales, es pionero en energía solar, y su industria armamentística es poderosísima: acaba de desplazar al Reino Unido como cuarto exportador mundial de armas. Pero al mismo tiempo, su economía también depende de sectores caducos como la agricultura o los sectores químico y textil, que emplean a la mitad de los siete millones de israelíes. A un nutrido grupo de ciudadanos, estos avatares les importan un bledo.

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MensajeTema: Re: 60 años del estado de Israel   Dom 4 Mayo - 13:48

Viven en sus mundos. Hasta los 23 años, Amid Peer, nacido en Tel Aviv, pisaba poco las sinagogas; ahora –tirabuzones y ataviado con levita negra– pide donaciones en el Muro de las Lamentaciones. A sus espaldas, el presidente Simon Peres se dirige a centenares de cadetes de las escuelas militares. Recuerda el mandatario que Israel no tenía tanques en 1948, que cinco países árabes les atacaron… La mayoría cree la narrativa heroica, aunque historiadores prestigiosos hayan desmontado la versión oficial: los soldados judíos siempre gozaron de nítida superioridad numérica y armada frente a los ejércitos árabes. “Peres sólo dice tonterías. Tenemos enemigos porque no rezamos. Si pudiera hablar, les diría a esos jóvenes que no se alistaran. Necesitamos más fe. Si todos los judíos lucháramos por el objetivo común de la salvación no necesitaríamos al ejército. Dios nos protegería”. En cuanto a la tierra, no hay debate. “Eretz Israel, entre el río Jordan y el Mediterráneo, fue entregada por Dios a los judíos. Así lo dice la Biblia. ¿Sabes que los palestinos tienen 22 Estados árabes donde pueden habitar?”, interroga Peer. Se marcha sonriendo. Es feliz.

Esa mueca de eterna felicidad ilumina también el semblante de Dina Rajamim. Vive desde hace 25 años con su marido y siete hijos en el asentamiento de Eli, residencia de 600 familias protegidas por el ejército, sobre una colina en Cisjordania. No estrecha la mano por imperitavo religioso, pero es pura amabilidad. “No es sencillo vivir aquí. Ha de amarse el lugar. Esta tierra es nuestra. Y la tierra lo sabe. Por eso a nosotros nos da frutos, porque sabe que nuestro corazón está con ella. Mira los árabes. Nos marchamos de Gaza y no pueden cultivar porque a ellos la tierra no les da frutos”.

Dima, falda larga y cabello cubierto, cree fervientemente lo que dice. Pero tampoco ignora, como tanto israelí, que el sueño del Gran Israel no será el futuro. Se aprecia su resignación. “No haremos como en Gaza. No queremos enfrentarnos al ejército porque nuestros hijos son soldados. Nos iríamos con dolor. Aquí nos trajo Ariel Sharon y ahora nos quieren sacar. Estamos cansados del conflicto, pero los árabes lo quieren todo. Quieren Jerusalén, y eso no puede ser. Es nuestro. Está escrito en la Biblia. Los palestinos viven aquí y no los podemos expulsar. Pero todo se agravó cuando Sharon subió al Monte del Templo (Explanada de las Mezquitas, septiembre de 2000). No debía haber provocado, porque, además, nadie debe pisar el monte. Sólo cuando llegue el Mesías”. Si llegara el Mesías se toparía en Cisjordania con un mar de alambradas, de muros y de torretas militares. De bloques de cemento que taponan las carreteras palestinas. Es agobiante. Los colonos, atrincherados en sus 120 asentamientos y 100 colonias salvajes de casas prefabricadas, disponen de las suyas. En los tramos comunes no se detienen en los check-points. Tienen su carril. Un muro de hormigón de ocho metros de altura asfixia varias ciudades –Belén, Kalkilia, Tulkarem…–. Israel ha ganado en seguridad después de dos intifadas. Las cifras de víctimas mortales israelíes han caído en picado en los últimos cinco años, y la presencia permanente de los soldados en Cisjordania y las redadas diarias abortan ataques y atentados. Cuentan con miles de soplones a su servicio.

“La ocupación dura 40 años”, explica Miri Weingarten. “Dos tercios de la historia de Israel. Pero la historia de 1948 no ha terminado. Los israelíes dicen a los palestinos que la Naqba es el pasado. Para ellos no lo es. Siguen viviendo en los campos de refugiados, sufriendo expropiaciones, mueren en manifestaciones. Todo les lleva a recordar 1948. La Naqba no ha terminado”.

Sonríe Amer Awad en su modesta casa de la ciudad de Gaza. “¿Qué me vais a contar de los 60 años?”, espeta de entrada. Su pueblo, Hamamé, se alzaba a 15 kilómetros al norte de la franja, hoy Israel. “Nunca olvidaré lo que vi. Yo tenía 12 años en 1948. Recuerdo que teníamos buenas relaciones con los judíos porque forma parte de nuestra tradición ser hospitalarios. Les visitábamos en sus fiestas. No me arrepiento. Pero el mundo no sabe lo que nos hicieron. Dos semanas después de que nos expulsaran regresé con mi padre, mi tío y unos primos para recoger las cosas. Dormimos en nuestras casas. A la mañana siguiente fui a la de mis primos. Uno estaba sin cabeza, otro con las tripas fuera. Mientras huíamos otra vez nos bombardearon. Hacían cráteres tan grandes como camellos”. Cuando, muchos años después, pudo volver a su aldea identificaba los lugares por los árboles. No quedaba nada más: 500 pueblos fueron borrados del mapa –el historiador Ilan Pappe tilda de “limpieza étnica” la expulsión de unos 800.000 palestinos a los países vecinos–, y sobre esos lugares Israel creó parques nacionales. Entre los pinos y abetos, ajenos a la flora autóctona, aún pueden encontrarse ruinas.

Recordarán su 14 de mayo. El día más triste. Embargados por la melancolía, el resentimiento, el miedo, la impotencia, la incomprensión y una economía de subsistencia. Sus miradas lo dicen todo. Les cuesta comprender por qué Israel, que ignora desde hace cuatro décadas la resolución de Naciones Unidas que exige la retirada de los territorios ocupados, goza de impunidad. La confianza en las buenas palabras de la comunidad internacional se ha esfumado. Se sienten solos. En los últimos dos años, tras el bloqueo económico impuesto a Hamás después de su triunfo en unas elecciones impolutas, el recelo hacia Europa se ha disparado. “¿No querían democracia?”, se preguntan.

Leila Sansour, de 42 años, es cineasta. Hay que tener coraje para serlo en Cisjordania, donde sólo hay un cine abierto. Trabaja con ONG extranjeras, y a muchas las critica ácidamente. “Se guían por agendas propias. Hay una nueva moda. Si quieres hacer un vídeo sobre la ocupación de Palestina, es muy difícil. Los temas deben ser los derechos de la mujer o la transparencia en el Gobierno. Nos tratan según un modelo colonial. No ayudan a crear una industria, sólo dan una cámara a un principiante y nos acostumbran a la caridad. Eso hace difícil que seamos ambiciosos”, explica Sansour. Todo ayuda a alimentar el extremismo. “La fuga de cerebros nos daña. En los años setenta y ochenta, muchos activistas pacifistas acabaron en la cárcel o exiliados, y, tras ese fracaso, el relevo lo han tomado fuerzas más radicales. Hemos intentado que el mundo nos ayudara, pero nada se ha conseguido”. La frustración respecto a la comunidad internacional es inmensa. “La simpatía de Europa no es suficiente. La gente se ha convencido de que hay que enfrentarse a la ocupación con la fuerza que tengamos”, dice Sansour.

Y es que los Gobiernos israelíes han destrozado sistemáticamente los liderazgos palestinos. Yasir Arafat siempre fue considerado un terrorista. Que en 1988 diera el complicadísimo paso de reconocer la legitimidad de Israel sirvió para alumbrar el proceso de Oslo en 1993. Las negociaciones embarrancaron. Arafat fue encerrado en la Mukata de Ramala hasta la partida, en 2004, hacia su muerte en París. El actual presidente, Mahmud Abbas, fue humillado sin escrúpulos. “Es irrelevante”, repetían los gobernantes israelíes que ahora lo consideran su socio. El historiador Benvenisti no se traga ese anzuelo: “El mundo está sobornando a los palestinos con miles de millones de dólares para mantener la ilusión de un proceso de paz. La Autoridad Palestina no existe, son una banda de ladrones. Y el Estado de Israel se fundamenta en la superioridad sobre los inferiores aplicando un régimen de apartheid”.

No hay palestino de a pie que crea en el diálogo con Israel. Durante 60 años han mirado hacia adelante y hacia atrás, a derecha e izquierda, y hacia abajo. No han hallado la salida. Han padecido también los desmanes de sus propios clanes políticos, corruptos hasta límites escandalosos. Ahora cientos de miles dirigen su mirada hacia arriba. Hacia su Dios. “En Yabalia [Gaza], hace 20 años sólo había dos mezquitas”, comenta Fayez. “Algunos viejitos iban a rezar. No había salas para las mujeres. Hoy, sólo en este campo de refugiados hay docenas de templos, y no se construye una sin una planta para mujeres. Los viernes están a rebosar”. La tendencia se atisba irreversible. “Mi hijo tiene cuatro años y va a la mezquita. No se lo hemos enseñado. Cuando oye al imán lo deja todo”. Impera la miseria, la luz y el gas escasean, las materias primas no entran en Gaza desde hace un año, el desempleo es atroz, el sector privado casi ha desaparecido… Como hace seis décadas, el burro aún es un medio de transporte. En la franja se fermenta el radicalismo. Nadie puede aislarse del cerco bestial que padece el territorio. “Tengo otra hija de dos años”, añade Fayez, “que el otro día me pidió que le comprara ropa de muyahidin. Quiere luchar contra los israelíes porque nos cortan la luz”.

La desolación también conduce a otros caminos. Vera Baboun enseña literatura en la Universidad de Belén. Enviudó a los 45 años y alimenta a cinco hijos. Es creencia extendida que las mujeres palestinas se limitan a sus labores caseras. Craso error. Abundan las que son más duras y decididas que muchos hombres. Hay que tener arrestos para ser mujer y jugar al fútbol. Como Honey Thaljieh. “Jugamos en asfalto, afrontamos el problema del muro y la mentalidad machista. Las mujeres vienen a animarnos; pero los hombres, a comprobar si somos capaces de jugar”. Vera Baboun tampoco se rinde. “Los palestinos”, apostilla, “tienen varios estereotipos: los refugiados del interior, los del exterior, emigrantes que decidieron marchar para no volver, los palestinos que viven en Israel. ¿Sabes lo que es bueno? Permanecer. Los que vivimos bajo asedio somos los más afortunados. Creo que eso nos fortalece. Sólo podemos escoger entre el negro y el negro”.

Que se lo digan a Hagar Kandil, vecina de Rafah, fronteriza con Egipto. Su marido está desempleado desde hace siete años. Hagar trabaja en el sector educativo y gana 500 euros al mes. No ve a dos de sus hermanos emigrados ni a su hijo, en una escuela militar en Yemen, desde hace tres años. No hay que buscar para hallar familias con tres o cuatro miembros en el exilio. Hagar, sin embargo, sólo salió de Gaza una vez en su vida, en 1980, y para ir a Cisjordania. “Cuando mandaban los egipcios había seguridad, pero la pobreza era tremenda. Con los israelíes mejoró la economía, pero la gente se sentía amenazada en sus casas. Ahora no nos podemos considerar seres humanos. Creo que vivimos peor que nunca”.

Majed Shahin casi no puede comparar. Es uno de los 600.000 palestinos encarcelados en algún momento en Israel: 23 de sus 50 años los ha pasado entre rejas. Cumplió su condena en 2007. Eterno militante en Al Fatah, no se arrepiente de nada. Cobra una pensión de 1.000 euros –“como un general”, asegura– por su condición de ex prisionero. Y tampoco confía en las negociaciones con Israel que dirige su partido. “No hay otro remedio. Al Fatah sabe que eso destruye su imagen, pero ese gobierno está muy presionado por la comunidad internacional. La alternativa es la resistencia, pero la división que existe ahora entre los palestinos la hace inviable. Además, necesitamos la unidad árabe. Sin ella sólo podrá haber pequeños ataques”. Largo lo fía.

Son legión, no obstante, quienes disienten de Majed. Los más aguerridos, los 25.000 milicianos islamistas. Dispuestos a lo que sea. “Por mi patria y mi religión”, claman. Disciplinados, han alcanzado el modesto estatus de mosca cojonera frente al ejército más poderoso de Oriente Próximo, y han situado bajo la amenaza de sus cohetes Kassam, todavía artesanales, a 250.000 israelíes. En 1948, los judíos pelearon a muerte y los palestinos se fugaron sin apenas plantar cara. Los hijos de los refugiados han dado la vuelta a la tortilla, fundaron Hamás en 1987 e inculcaron a los nietos la disposición al sacrificio. Saben que van a sufrir lo indecible, y que, casi con certeza, nunca verán los frutos. Pero su vida es un tormento. Y juran que aguantarán.

Claudette Habesch cree que no hay que lanzar siquiera una piedra. Insiste en que hay que persuadir a las potencias mundiales. Y en cierto modo coincide con el profesor Benvenisti. “No quiero”, afirma la mujer, “echar a nadie al mar, pero tampoco quiero que me expulsen al desierto. ¿Sabes? Los judíos son las víctimas. ¿Es ésta su victoria? Yo veo lo que 40 años de ocupación han causado a sus generaciones. No me gustaría ver a mis hijas trabajando en el aeropuerto Ben Gurión y pidiendo el sujetador a las mujeres. ¿Es eso seguridad? Ya no me pongo elegante cuando viajo. Me visto con chándal”.

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